El Papel Higiénico de la Discordia

Las elecciones por fin terminaron, ¿ahora qué?

02-07-2018 - 7 minutes, 14 seconds -
AMLO Elecciones México

Después de meses de peleas y ataques sin cesar, espectaculares por doquier, noticias falsas tan absurdas que parecían sátiras y aún así aceptadas y compartidas por miles, promesas vacías o imposibles y fraudes al por mayor, para el deleite de algunos y el temor de muchos, finalmente llegó el día: el 1 de julio y con él la conclusión de la contienda democrática más significativa del México moderno.

Al momento de redactar este texto los conteos continúan, pero los resultados son evidentes. Andrés Manuel López Obrador, junto al partido que encabeza, incluyendo a Claudia Sheinbaum, una científica ambiental que se convertirá en la primera jefa de gobierno electa en la historia de la Ciudad de México, se imponen como virtuales vencedores absolutos del proceso electoral de este año. Una victoria abrumadora e histórica: el PRI, por primera vez en la historia de México, no únicamente se posiciona en los últimos lugares a nivel nacional, sino en tal proporción y en todos los cargos disputados que prácticamente perderá el poder que por décadas dominó tiránicamente, que recuperó después de doce años azules y por sus instintos rapaces terminará perdiéndolo, tal vez, definitivamente.

Pero eso es el pasado. El dinosaurio está agonizando y habremos de dejarlo morir, esta vez por las buenas.

Más que el triunfo de AMLO, debemos de celebrar el claro repudio que hubo hacia el PRI, incluso aquellos que apoyaron al candidato de la coalición que mantuvo el segundo puesto (a pesar de —o precisamente por—que se le acusa de ser otra cara de lo mismo).

No soy un analista político ni mucho menos, soy, como la mayoría, un mero ciudadano con problemas corrientes. Nunca apoyé a El Peje y, sinceramente, no lo considero el personaje más capaz. Desde mi ignorancia, creo que no hay forma certera de predecir su desempeño como presidente, mucho menos el futuro del país. Sin embargo, lo que sí tengo claro es que las presidencias pasadas son las principales responsables de la situación tan deplorable en la que México ha estado por tantos años.

Tal vez el próximo presidente supere hasta las expectativas más altas y realmente ponga al país en las vías del progreso, que no haga falta tranzar para avanzar, que en verdad sean más los buenos. Quizás sea otra decepción más. Quién sabe, en una de esas y México se convierte en un hoyo tan hondo y repugnante que haga ver a Venezuela como un paraíso. El punto es que lo que quedan son esperanzas e incertidumbre, pero por el bien de todas y cada una de las personas que vivimos y de las que vivirán en nuestra nación, no podemos ni debemos quedarnos en el pozo de estiércol en el que actualmente estamos por temor a lo desconocido. La analogía del llamado PRIAN y la imagen del marido golpeador no es una exageración. Debemos abandonar la mentalidad de "más vale viejo conocido que nuevo por conocer", que podría condenarnos a la mediocridad.

AMLO no fue mi campeón y sé que tampoco el de millones de mexicanos, pero desear el fracaso de su presidencia o sabotearla deliberadamente no son ataques únicamente hacia él, sino también al país. Para bien o para mal, le pese a quien le pese, él será la cabeza de México y dependemos de su desempeño. Estamos en esto juntos.

Ahora es momento celebrar, que efectivamente se trata de un suceso histórico (el futuro nos dirá la calidad de la elección que el pueblo mexicano hizo). Sí, alegrarnos y esperar los mejores resultados, pero entendiendo que el país se encuentra en un punto crítico y que podría definir el futuro de generaciones. Ciertamente espero que con el proceso electoral finalizado nos demos el tiempo para reflexionar, al menos, sobre nuestro comportamiento durante estos meses y qué es lo que queremos para nuestras comunidades, las de hoy y mañana.

Lamentablemente, ciertas personas, desde aquellas a quienes conozco de toda la vida, hasta esas con las que escasamente he interactuado por redes sociales, sacaron lo peor de sí mismas y no fueron casos aislados ni exclusivos de una sola bandera, aunque el caso que más resonó y que personalmente me alarmó, fue el de algunos simpatizantes de cierto candidato azulado. Desconozco si aquellos individuos están al tanto de ello, pero muchos evidenciaron la burbuja aparentemente perfecta de clasismo, racismo y privilegios en la que, supongo, han pasado todas sus vidas.

No pretendo emitir juicios. Considero a esta etapa de nuestro país como una valiosa oportunidad para mejorar, una que invita a la introspección y al diálogo entre todos, no únicamente entre aquellos dentro de nuestros círculos inmediatos.

México es una nación rica en muchos aspectos, incluyendo en la variedad de experiencias. No se limita a nuestras familias, nuestros grupos de amigos, vecinos o colegas e incluso dentro de estos, las vivencias de todos no son las mismas.

Acusar de estúpidos a quienes votaron por el candidato electo no es solamente innecesario, sino también, irónicamente, una estupidez. En general, antes de tachar a otros, preguntémonos qué los llevó a tomar esa decisión. Intentemos entender las situaciones en las que viven y cuales son sus necesidades, qué consideran prioritario para ellos y para el país, pero también hagámoslo por y con nosotros mismos, sin temor a la equivocación, animándonos a desafiar y cuestionar todo y a todos, incluyendo a nuestras propias convicciones y creencias, como también a aquellos que supuestamente nos representan. Una tarea que siempre nos ha correspondido a todos, aunque tristemente hemos descuidado. Sí, exijámosle a AMLO, a su equipo, a los que no van con él y a todos los futuros gobernantes y servidores públicos, independientemente de afiliaciones políticas, religiones, géneros u orientaciones sexuales. Exijámonos a nosotros mismos con fervor y los estándares más altos. No importa si el temor a la crítica parece un obstáculo insuperable a causa de nuestros orgullos, que no es necesario hacerlo público o platicarlo con otros. El primer paso es, después de todo, un ejercicio de introspección.

Si el próximo presidente es fiel a su palabra y el pueblo tendrá finalmente voz, el éxito de este nuevo experimento depende igualmente de la ciudadanía y aún si fracasa, por el bien de todos, deberemos exigir todavía más a quien sea que venga después.

El triunfo de López Obrador no es solamente para él, su equipo y simpatizantes, sino también para México. Ganó la democracia. Ganamos todos, incluso los detractores, porque se nos presenta una oportunidad para dejar a un lado nuestras diferencias, enfocarnos en lo que compartimos, mejorar juntos y finalmente empezar a salir del hoyo. Llegó el momento de mostrarle al mundo (incluyéndonos) que podemos y que lo vamos a hacer y vaya que tardó en llegar.

Por supuesto, siempre hay más de una opción y una de ellas, la cual debemos evitar a toda costa, es seguir aferrándonos a las viejas y pútridas costumbres y tradiciones heredadas como una maldición por aquellos que las recibieron en la misma forma y que nos hemos rehusado a abandonar, a pesar de su evidente toxicidad (como cierto grito homofóbico popular entre los amantes del futbol), no parar esa discriminación que mata y segrega a quienes con todo el desencanto del mundo se refieren (esos términos son en broma y no tiene connotaciones discriminatorias u ofensivas, según defienden aquellos que los emplean) como las viejas, los jotos, prietos, inválidos, ateos, los pobres que lo son porque no trabajan, locos y a cualquier infeliz que no tenga la suerte de ser parte de un sector que, curiosamente, es la verdadera minoría, seguir odiándonos entre nosotros y así continuar hundiéndonos cada vez más en esta espiral de muerte y miseria. No permitamos que se elija la Opción B, ¿sí?

Aprovechemos que (¿todavía?) no somos Venezuela y que aún tenemos papel higiénico, incluso si no es de nuestra marca favorita, y limpiemos, literal y metafóricamente, lo que haya que limpiar.